miércoles, 2 de abril de 2008

3 años sin Él



Un hombre como pocos que vivió en este siglo fue Karol Wojtyla, mas conocido entre nosotros como Juan Pablo II. Asmumió el papado en 1978, sucediendo a Juan Pablo I, siendo el primer Papa no italiano en 400 años. Una vida de cientos de adversidades le tocó vivir, la segunda guerra mundial entre ellas, que acompañó a su vez la invasión de su tierra natal (Polonia) por manos de los nazis y de la U.R.S.S.. Empezó el seminario en la clandestinidad, en completa soledad ya que sus familiares habían fallecido ya sea en la guerra o producto de otras adversidades.

Mi generación nació con un lider espiritual en medio de una época de miedo e inminentes guerras, plagas de odio entre naciones y momentos de mucha tensión internamente entre naciones. En medio de eso, estaba Él, una persona que le había tocado enfrentar la muerte en un atentado y tuvo la humildad de perdonar a su agresor, nos dijo a gritos: "no tengan miedo, abran las puertas de su corazón a Cristo". Para muchos jóvenes y demás cristianos esa frase fue el aliento necesario para seguir adelante ante sus adversidades, llegando también esa frase al corazón de muchos no cristianos.

Juan Pablo tenía mas allá de cualquier riqueza material una riqueza espiritual digna de mas de uno. Su constante acercamiento con los otros credos, su público arrepentimiento ante las posibles ofensas que el sentía haber provocado, dejaron en claro que su lucha por llevar el Evangelio a todas partes del mundo. Su incansable lucha contra el ateísmo comunista y el muro de Berlín, que culminó en el fin de ambos, no excluyó que pudiera abrazar a Castro fraternalmente y decir "que la isla se abra al mundo, y que el mundo se abra a la isla". Jamás modificó su parecer respecto a cosas como la homosexualidad y el uso de anticonceptivos, llamando a rechazar ambas cosas en todo momento.

La juventud era su evidente predilección. Jornadas de la juventud organizadas todos los años, su acercamiento con los niños, era según Él una fuente de vitalidad que lo hacía sentir joven. Cuentan que en uno de sus tantos viajes en el interior de Italia, un niño le ofreción un caramelo colándose entre las líneas de seguridad, y Juan Pablo le contestó "pero si sabes que Yo no lo merezco". Rara vez visto en alguien así un gesto de humildad tan grande.
Hoy lo extrañamos después de esos 26 años que nos acompañó en su incansable lucha por hacer conocer el Evangelio, de escuchar su mensaje de Navidad y de Semana Santa, de buscar la hermandad entre las iglesias sismáticas, de buscar la paz entre todos los credos y concientizarnos sobre la realidad actual. Ojalá hayan miles de hombres como Él en el próximo siglo.

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